Ni Una Menos: la memoria que resiste y el desafío que continúa

Han pasado más de diez años desde aquella multitudinaria movilización que, un 3 de junio de 2015, sacudió las plazas, las calles y las conciencias de la Argentina. Aquella consigna sencilla, contundente y dolorosa Ni Una Menos
logró transformar el dolor individual en una demanda colectiva y convertir el silencio en una voz imposible de ignorar.
Cada nuevo 3 de junio no es solamente una fecha en el calendario. Es un ejercicio de memoria. Una oportunidad para recordar que detrás de cada estadística existen vidas truncadas, familias atravesadas por la violencia y comunidades enteras marcadas por ausencias que nunca podrán repararse.
En ciudades grandes y pequeñas, en capitales provinciales y en localidades del interior profundo, el reclamo sigue vigente porque las causas que le dieron origen todavía persisten. Tartagal, como tantas otras comunidades del norte argentino, no es ajena a esta realidad. Aquí también existen historias de mujeres que enfrentan situaciones de violencia, desigualdad y vulnerabilidad, muchas veces agravadas por las dificultades de acceso a la justicia, las distancias geográficas y las condiciones sociales que atraviesan a nuestra región.

El movimiento Ni Una Menos logró instalar un cambio cultural profundo. Puso en discusión prácticas naturalizadas durante décadas, visibilizó violencias que antes permanecían ocultas y abrió espacios para que miles de mujeres pudieran hablar, denunciar y buscar acompañamiento. También obligó a las instituciones del Estado a asumir responsabilidades que durante mucho tiempo fueron postergadas.
Sin embargo, la experiencia acumulada durante estos años deja una enseñanza fundamental: ninguna conquista social es definitiva. Los avances requieren sostenerse en el tiempo, fortalecerse y adaptarse a nuevos desafíos. La lucha contra la violencia de género no puede depender únicamente de una fecha conmemorativa o de una movilización anual. Necesita políticas públicas sostenidas, recursos adecuados, educación, prevención y un compromiso permanente de toda la sociedad.
Pero también exige algo más profundo: construir comunidad. Porque la violencia no se combate únicamente en los tribunales o en los despachos oficiales. Se enfrenta en las escuelas, en los clubes, en los lugares de trabajo, en las familias y en cada espacio donde se forman valores y vínculos sociales.
Quizás una de las mayores enseñanzas que dejó el Ni Una Menos sea precisamente esa capacidad de transformar experiencias individuales en conciencia colectiva. De entender que ninguna persona debe atravesar sola situaciones de violencia. De reconocer que la indiferencia también puede convertirse en una forma de complicidad.

A una década de aquella primera marcha, el desafío parece ser condensar toda la experiencia acumulada para construir nuevas formas de resistencia y de cuidado. No desde la confrontación permanente, sino desde la convicción de que una sociedad más justa sólo puede edificarse cuando la vida y la dignidad de cada persona ocupan el centro de las decisiones.
Desde Tartagal, donde las problemáticas sociales adquieren muchas veces características particulares y donde las distancias suelen amplificar las desigualdades, esta reflexión adquiere una dimensión especial. Porque el reclamo por una vida libre de violencias no pertenece exclusivamente a las grandes ciudades. También interpela al interior, a nuestras comunidades, a nuestros barrios y a nuestras instituciones.
El 3 de junio vuelve a recordarnos que la memoria es una forma de resistencia. Que las conquistas sociales no nacen de la nada ni se sostienen solas. Y que detrás de cada consigna hay historias humanas que merecen ser escuchadas.
Mientras existan mujeres que vivan con miedo, mientras haya familias reclamando justicia y mientras persistan desigualdades que limitan derechos, la consigna seguirá teniendo sentido.
Porque Ni Una Menos no es solamente una marcha. Es una marca profunda en la historia reciente argentina. Y también una responsabilidad colectiva que continúa interpelándonos.
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