El Indec confirmó que los precios acumulan una suba de 23,6% en lo que va de 2024 y de 33,4% en términos interanuales. En Tartagal y la región, el dato se traduce en changas que ya no alcanzan y en la angustia cotidiana de estirar el sueldo hasta fin de mes.
El número salió este lunes y, aunque para muchos economistas representa una desaceleración respecto a meses anteriores, para una familia tartagalense que hace changas, cobra un plan social o depende de un sueldo estatal, el 1,9% de septiembre es sinónimo de una cosa muy concreta: la carne, la garrafa y los útiles escolares volvieron a subir. El Instituto Nacional de Estadística y Censos informó que la inflación de septiembre se ubicó en 1,9%, llevando el acumulado de los primeros nueve meses del año al 23,6% y la variación interanual al 33,4%. Son cifras frías de un organismo nacional, pero su impacto se siente caliente en cada esquina del norte argentino.
Mientras en Buenos Aires se analiza el dato como un signo de estabilización macroeconómica, en Tartagal, Salvador Mazza o Aguaray la lectura es otra: el salario no corre a la par de los precios. Acá la economía informal, las changas y el trabajo rural marcan el ritmo de vida de buena parte de la población, y ese 33,4% interanual no es una estadística abstracta sino la diferencia entre llegar o no llegar con la comida del mes. Las familias que dependen de la agricultura familiar, del comercio de frontera con Bolivia o de changas en la construcción, sienten el ajuste de manera directa cuando el dólar paralelo se mueve, cuando sube el combustible para el transporte, o cuando el supermercado remarca precios de un día para el otro.
El contraste regional profundiza la desigualdad: lo que en el AMBA puede paliarse con changas mejor pagas o mayor oferta laboral, en el interior salteño se vuelve una ecuación mucho más dura, con menos opciones de ingresos extra y una matriz productiva más vulnerable a los vaivenes macroeconómicos. La inflación interanual del 33,4% no distingue entre Puerto Madero y los barrios periféricos de Tartagal, pero sus consecuencias sí son distintas: acá hay menos margen, menos ahorro y menos red de contención frente a cada suba.
El desafío para los próximos meses no es solo contener los números en los informes del Indec, sino traducir esa supuesta desaceleración en alivio real para quienes menos tienen. Mientras tanto, en el norte salteño la vida sigue su curso: se cocina con lo que hay, se estira el salario como se puede y se espera, una vez más, que la próxima medición traiga algo de respiro para los bolsillos que ya no dan más.