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Cayó Raúl Reynoso: el exjuez de Orán deberá cumplir cinco años de prisión por favorecer al narco Delfín Castedo

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La Corte Suprema de Justicia dejó firme la condena contra el exmagistrado federal, detenido este jueves tras años de maniobras judiciales que lo mantuvieron en libertad pese a las pruebas en su contra.

Este jueves 15 de octubre, Raúl Reynoso dejó de ser un nombre más en los expedientes judiciales para convertirse, finalmente, en un condenado detenido. El exjuez federal de Orán fue aprehendido luego de que la Corte Suprema de Justicia de la Nación confirmara su condena a cinco años de prisión por corrupción judicial, un fallo que llega después de un extenso proceso en el que la Justicia investigó cómo un hombre que debía garantizar imparcialidad terminó beneficiando a uno de los narcotraficantes más conocidos de la región: Delfín Castedo.

El caso no es un hecho aislado ni una anécdota judicial más en el extenso anecdotario de corrupción que atraviesa al norte argentino. Que un juez federal, con poder de decisión sobre causas de narcotráfico, haya favorecido a un acusado a cambio de beneficios económicos, golpea directamente la confianza que los vecinos de Orán, Tartagal y toda la región depositan o deberían poder depositar en el sistema de Justicia. Para una comunidad que convive a diario con el narcotráfico como una problemática estructural, saber que quien debía combatirlo desde los tribunales terminó siendo funcional a sus intereses económicos es una herida que no se cierra con una condena firme, por más tardía que haya llegado.

La demora en la resolución del caso también merece una lectura crítica. Los procesos contra funcionarios judiciales suelen extenderse años, mientras las causas que ese mismo funcionario manejaba muchas de ellas vinculadas a organizaciones narco que operan en la frontera norte quedaban bajo sospecha de haber sido direccionadas. Esa lentitud no es un detalle menor: cada año que un juez corrupto permanece en funciones es un año en que la Justicia pierde legitimidad ante la sociedad, y en particular ante las fuerzas de seguridad y fiscales que trabajan honestamente en territorios donde el narcotráfico tiene capacidad de penetración institucional.

La detención de Reynoso debería leerse, entonces, no solo como el cierre de un capítulo judicial, sino como una señal hacia el interior del país: que la corrupción judicial, cuando se vincula con el crimen organizado, tiene consecuencias, aunque lleguen tarde. Para los vecinos del norte salteño, que históricamente han reclamado mayor transparencia y controles sobre quienes administran justicia en sus territorios, este fallo firme de la Corte Suprema representa un antecedente que marca un límite, aunque también deja abierta la pregunta de cuántos casos similares permanecen sin resolver en los tribunales federales del Interior.

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