Héroes gracias, lo que Messi y Scaloni enseñaron: liderazgo, humildad y la alegría como bien común

el equipo de argentina

Reflexión sobre cómo el fútbol y sus figuras nos muestran las virtudes que la política necesita recuperar

En un país donde la política ha generado hartazgo y divisiones profundas, la selección argentina bajo el mando de Scaloni y con Messi como símbolo, nos regaló una lección que trasciende lo deportivo. Pase lo que pase, este grupo ya escribió una historia que nunca vamos a olvidar y que nadie podrá borrar, sentenció el capitán antes de enfrentar a España. No fue una promesa vacía de campaña, sino una verdad que hoy, desde Tartagal hasta el extremo sur, todos compartimos. Es imposible olvidar lo que vivimos juntos, sin distinciones geográficas ni sociales.

Donde frecuentemente nos sentimos alejados de las grandes decisiones, experimentamos algo raro en los últimos años la sensación de ser protagonistas de algo importante. La selección no nos excluyó, no nos hizo sentir de segunda categoría. Messi  eligió llevar una camiseta que representa a todos. Eso es liderazgo genuino no el que promete desde un mitin, sino el que actúa desde la humildad y la responsabilidad colectiva.

messi scaloni

Lo más notable fue cómo Scaloni manejó incluso la derrota en la final. Sin excusas baratas, sin culpar árbitros o circunstancias, reconoció que jugamos nuestro peor partido. Esa capacidad de asumir responsabilidades sin dramatismo, de mantener la cabeza en alto cuando todo se desmorona, es exactamente lo que la política local y nacional necesita desesperadamente. No se trata de ganar o perder una elección, sino de cómo se pierde, cómo se reconocen los errores y se mantiene la dignidad intacta.

En Tartagal, en Salta, en cualquier rincón del país, quedan los abrazos en las calles, las lágrimas compartidas, la certeza de que fuimos parte de algo mayor. Esa fue la verdadera victoria no un trofeo, sino la recuperación momentánea de la capacidad de soñar juntos.
Quizás los políticos que nos gobiernan deberían entender que liderar no es imponer, sino contagiar esperanza. Y que la alegría, cuando es genuina y se regala sin intereses, es el único bien que nadie puede arrebatar.

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